Proteína en todas las comidas
Es lo que más sacia, lo que más cuesta convertir en grasa y lo que protege tu músculo mientras bajás. Si una comida no tiene proteína, no es una comida: es un snack grande.
02 · Descenso de peso
Y a entrenar de una manera que puedas sostener el día que se te termine la motivación —porque se te va a terminar, a todos se nos termina—.
No soy nutricionista. No armo planes alimentarios con gramajes, no trato patologías ni indico suplementos. Te lo digo en la primera pantalla y no escondido en la letra chica, porque prefiero que sepas exactamente qué estás contratando.
Lo que sí hago: enseñarte los principios que hacen que una persona coma mejor sin vivir contando calorías, entrenar para que ese proceso construya músculo en lugar de destruirlo, y acompañar la parte que casi nadie acompaña —la cabeza— para que no abandones en la semana tres.
Si tu caso necesita un plan clínico (diabetes, tiroides, trastornos de la conducta alimentaria, cirugía bariátrica, embarazo), te lo voy a decir y te voy a derivar a un profesional. Podemos trabajar en paralelo, sin problema.
Mi historia
Durante quince años, bajar de peso fue mi obsesión. Buscaba la fórmula, y buscaba también unos abdominales como los de las revistas, sin atajos: todo cien por ciento natural. Siempre por mi cuenta, a prueba y error.
“Me frustré muchísimo, lloré muchísimo, abandoné muchísimas veces.”
Hasta que lo logré: bajé 15 kilos en nueve meses y llegué a tener esos abdominales que había perseguido todo ese tiempo.
No te lo cuento como promesa. Los nueve meses fueron el final del camino; lo difícil fueron los quince años anteriores. Y eso es lo que te quiero ahorrar.
El diagnóstico
Si estás leyendo esto, probablemente ya bajaste de peso antes. Varias veces. Ese es justamente el problema.
Dieta estricta, gimnasio seis días, cero azúcar, cero alcohol, cero pan. La motivación está altísima y todo parece fácil. Este es el momento en que le contás a todo el mundo.
Tres, cuatro kilos. Buena parte es agua y contenido intestinal, no grasa, pero la balanza no aclara eso. La sensación de éxito te empuja a apretar todavía más.
Más hambre, menos energía, peor humor, peor sueño. Pensás en comida todo el día. No es debilidad de carácter: es la respuesta previsible a una restricción que no se puede sostener.
Un cumpleaños, un día malo, una semana de trabajo imposible. Comés de más, te sentís un desastre y aparece la frase que arruina todo: “ya está, arranco el lunes”. Y el lunes es dentro de siete meses.
Volvés al peso anterior, muchas veces con un poco más, y con menos músculo del que tenías —porque la restricción agresiva sin entrenamiento de fuerza se lleva puesto también el músculo—. La próxima vez cuesta más.
Fue el diseño. Un plan que solo funciona mientras tenés energía mental de sobra está roto desde el día uno, porque la vida no es una sucesión de semanas fáciles. El plan tiene que sobrevivir a tus peores semanas, no lucirse en las mejores.
Lo que sí funciona
Una lista se pierde. Un principio lo aplicás en un asado, en un aeropuerto y a las once de la noche con la heladera abierta.
Es lo que más sacia, lo que más cuesta convertir en grasa y lo que protege tu músculo mientras bajás. Si una comida no tiene proteína, no es una comida: es un snack grande.
En vez de sacar, agregar: verduras, fibra, agua. El plato lleno con menos densidad calórica te deja satisfecho. Pasar hambre es la manera más rápida de garantizar que abandones.
Si hay galletitas en la alacena, a las once de la noche las vas a comer. No sos vos: es la alacena. Diseñamos el entorno para que la opción correcta sea también la más fácil.
Prohibir un alimento lo convierte en lo único en lo que pensás. Hay alimentos que van seguido, otros que van a veces. La pizza del domingo no arruina nada; lo que arruina es lo que hacés el lunes después de la pizza.
Comer bien el 80 % de las veces durante dos años vence por goleada a comer perfecto durante tres semanas. Buscamos el plan más aburrido y sostenible posible, no el más impresionante.
Existen y mandan, no te voy a mentir. Pero contar calorías toda la vida no es viable para casi nadie. Estos cinco principios te dejan en déficit sin que tengas que pesar una milanesa.
El entrenamiento
La idea de “quemar lo que comí” con una hora de cardio es una de las que más daño hizo. Una hora de trote quema bastante menos de lo que la gente cree, y te deja con un hambre que vuelve a cubrirlo en diez minutos.
El entrenamiento de fuerza hace otra cosa, más importante: le da a tu cuerpo una razón para no deshacerse del músculo mientras estás en déficit. Sin ese estímulo, una parte de lo que bajás es tejido que después vas a extrañar.
Si bajás 8 kilos y 3 son músculo, la balanza te felicita y tu cuerpo empeoró: menos fuerza, menos gasto en reposo, más facilidad para recuperar la grasa. Por eso la balanza es un dato, no el dato.
Qué miramos además del peso:
El seguimiento
La sensación engaña para los dos lados: hay semanas en que te ves igual y avanzaste, y semanas en que te sentís bárbaro y no. Por eso no trabajo a ojo. Uso dos herramientas concretas, y las dos vienen incluidas en las clases.
La balanza que llevo a las clases
Cada dos semanas llevo a la clase una balanza de bioimpedancia, una OMRON HBF-514C. Te parás arriba, agarrás las manijas y en unos segundos, además del peso, te da el porcentaje de grasa, el de músculo, la grasa visceral, el metabolismo en reposo y la edad corporal. Justo lo que una balanza común mezcla en un solo número.
Te mido siempre antes de entrenar, así cada medición se compara con la anterior en las mismas condiciones. Los números van a una planilla online que es solo tuya y que podés mirar cuando quieras. Ahí está dónde estás hoy y un primer objetivo que definimos juntos: una primera meta alcanzable, no un ideal lejano.
Ninguna balanza de este tipo es exacta: son estimaciones. Lo que vale es hacia dónde se mueven los números, una medición tras otra.
Si tenés marcapasos u otro dispositivo médico implantado, o si estás embarazada, esta balanza no se usa: lo indica el fabricante. En ese caso seguimos con la cinta métrica y la fuerza, que también dicen mucho.
Y si no querés pesarte, no te peso. Es optativo.
Algunos días le sacás una foto a todo lo que comés, y a la noche me las mandás por WhatsApp. Cuántos días depende de cuánto haya que ajustar en tus hábitos; lo común son dos o tres por semana, mezclando días hábiles y fin de semana, porque se come distinto.
Esa misma noche o al día siguiente te contesto cuántas calorías comiste, más o menos, y qué tan lejos quedaste de tu referencia. Si te quedaste corto, te digo que subas un poco. Si te pasaste, dónde se fue. Sin gramajes ni menús cerrados.
No es para que cuentes calorías toda la vida. Es para que aprendas a mirar un plato y saber si es mucho o poco. Con el tiempo eso lo empezás a ver solo, y ya no se te va.
Son estimaciones orientativas de alguien que ya hizo este camino, no un plan nutricional. No soy nutricionista. Si tu caso necesita uno, te lo voy a decir y te ayudo a encontrarlo.
El factor que nadie mide
Comemos por ansiedad. Por aburrimiento. Como premio después de un día difícil. Por costumbre, porque son las nueve. Para no sentir algo que preferimos no mirar.
Ninguna de esas comidas se arregla con información nutricional. Podés saber perfectamente que no te conviene y hacerlo igual —de hecho, eso es exactamente lo que pasa—.
Por eso, además de entrenador, me formé como Master Practitioner en PNL. Porque el plan perfecto que no ejecutás vale menos que el plan mediocre que sostenés, y lo que decide si lo ejecutás o no está en otro lado.
Y no es un servicio que se contrata aparte: va incluido en cómo doy la clase. Mientras entrenamos, eso también se está trabajando.
Cómo trabajo los patrones que te frenanExpectativas realistas
Prefiero que te vayas de esta página con expectativas correctas antes que con entusiasmo prestado.
Nos ocupamos de instalar dos o tres hábitos y de que aprendas a entrenar bien. La balanza se mueve poco y de manera irregular. Es normal y está previsto.
La ropa afloja, subís de nivel en los ejercicios, dormís mejor. Acá suele aparecer el primer estancamiento —y también la primera vez que estuviste a punto de abandonar, que es donde el acompañamiento sirve de verdad—.
Dejás de pensar cada comida porque ya elegís distinto por defecto. Es el momento en que la gente se sorprende: no estás haciendo fuerza, simplemente vivís así.
Bajar es la parte fácil: lo hiciste varias veces. Sostener requiere otra cosa, y esa parte la trabajamos desde el primer día, no cuando llegás al número.
Sinceridad
Tu hígado y tus riñones ya se ocupan de eso, gratis y bastante mejor que cualquier jugo verde.
No vendo productos. No tengo comisión con ninguna marca. Es un conflicto de interés que prefiero no tener.
Un número redondo con una fecha al lado es una promesa de vendedor, no un plan. Nadie que no te haya visto puede saber cuánto vas a bajar ni en cuánto tiempo. Yo tampoco, y por eso no te lo voy a decir.
La balanza pesa todo junto: músculo, agua, comida sin digerir. Puede subir 800 gramos porque ayer cenaste salado, y eso no significa absolutamente nada. Es un dato entre varios, y bastante malo si es el único que mirás. Por eso la que llevo a las clases separa grasa de músculo.
Preguntas frecuentes
Te voy a enseñar a decidir qué comer, que es distinto y dura más. Trabajamos sobre lo que ya comés: algunos días me mandás fotos de todo lo que comiste, te devuelvo las calorías aproximadas y qué ajustar, y encontramos los dos o tres cambios que más impacto tienen para instalarlos de a uno.
Lo que no voy a hacer es entregarte un plan cerrado con gramajes. Para eso está el nutricionista, y si lo necesitás te ayudo a encontrarlo.
No te lo puedo prometer, y desconfiá de quien te dé un número exacto sin conocerte. Depende de tu punto de partida, de tu adherencia, de tu descanso, de tu salud y de tu vida.
Lo que sí puedo decirte es que un ritmo sostenible y con buena conservación de músculo suele estar en el orden del 0,5 % al 1 % de tu peso corporal por semana. Más rápido que eso, en general, se paga.
No. Un plan que te saca de tu vida social tiene fecha de vencimiento. Lo que hacemos es aprender a acomodar esas comidas dentro de la semana, en lugar de que la semana se rompa cada vez que aparecen.
Podemos trabajar el entrenamiento y los hábitos, pero la parte alimentaria específica de esa condición la maneja tu médico o tu nutricionista. Trabajo en paralelo con ellos y me adapto a lo que indiquen, sin contradecirlos.
Te vas a estancar. Le pasa a todo el mundo y es parte del proceso, no una señal de que fracasaste. Cuando pasa revisamos qué cambió en tu descanso, tu estrés, tu actividad diaria y tu adherencia real, y ajustamos. Casi nunca la respuesta es “comé menos”.
El primer paso
Contame qué probaste hasta ahora y en qué momento se te cayó. Con eso solo ya podemos empezar a entender qué hay que hacer distinto.